Yo Macho

LO MACHO parte de una imagen heredada: blanca, firme, correcta. Un cuerpo proyectado como ideal, pulido por el mandato de fuerza, control y belleza. Pero lo que aparece no confirma esa fantasía: la desarma. El cuerpo se presenta como superficie viva, hecha de capas. Capas de piel que cubren, ocultan y erosionan aquello que se espera de él. Bajo cada gesto persiste un lenguaje aprendido, una coreografía de dureza, cortesía, tensión y dominio. El movimiento repite el mandato, pero algo comienza a aflojarse. En ese desgaste, el cuerpo deja filtrar sus fisuras. Lo que parecía sólido se vuelve poroso. La rigidez se quiebra y, en ese quiebre, emerge otra presencia: un cuerpo que desobedece, que ya no responde del todo, que se corre del ideal sin buscar reemplazarlo. La serie habita ese instante de transformación. Un tiempo suspendido donde lo macho ya no se afirma como certeza, sino que se vuelve pregunta. La fotografía no describe ni denuncia: convoca una experiencia sensible donde la masculinidad aparece como un territorio atravesado por tensiones, silencios y fragilidad. LO MACHO propone una poética del quiebre. Allí donde el discurso hegemónico intenta corregir y normalizar los cuerpos, la imagen insiste en lo que resiste. En la grieta, el cuerpo revela su brillo: no el de la perfección, sino el de lo que se atreve a mostrarse vulnerable, múltiple e indeterminado.